La semana pasada, Jacob Coxon, un joven ingeniero británico de 27 años que trabajaba en el entrenamiento de modelos de lenguaje, dejó su empleo. Publicamos en CTXT su mensaje, que ha dado la vuelta al mundo, en el que explicaba que las grandes empresas del sector están inmersas «en una carrera directa hacia la creación de una superinteligencia capaz de mejorarse a sí misma». Según Coxon, quienes construyen estos sistemas creen de verdad que podrían acabar con nosotros antes de que termine la década. Y lo cierto es que Dario Amodei, director general de Anthropic, una de las empresas de IA más importantes del mundo, acaba de pedir que, ante estos peligros, se ralentice su desarrollo. Entre los riesgos que enumera él mismo estaría el de perder el control de los sistemas, ciberataques y bioterrorismo impulsados por la IA. Tenemos un ejemplo reciente que parece sacado de un libro de ciencia ficción: el incidente de OpenIA-Hugging Face, donde un grupo de agentes de IA ha lanzado un ataque informático sin que se les haya pedido, y lo han hecho, además, intentado borrar sus propias huellas.
Cory Doctorow, un experto en tecnología —que os recomiendo—, sostiene que a los dueños de la IA les encanta este relato apocalíptico porque paradójicamente es una buena publicidad. «Si la IA es lo suficientemente poderosa como para destruir el mundo, ¡piensa en cuánto dinero puede generar!». Según él, las narrativas del dominio de las máquinas sobre los humanos son puro marketing viral e impulsan la burbuja de los LLM —los modelos extensos de lenguaje, una denominación bastante más exacta que lo de «inteligencia»—. Pero resulta muy difícil no alarmarse un poco ante las cosas que están sucediendo.
¿Drones letales dirigidos por IAs autónomas? ¿Pérdida masiva de trabajos? ¿Nueva burbuja financiera? ¿Otra crisis ecológica? Las preguntas caen sobre nuestras cabezas como una tormenta. Y por desgracia, no son miedos infundados. En febrero, la Administración Trump vetó a Anthropic —la desarrolladora de Claude— después de que la empresa se negara a que sus modelos fuesen utilizados para la conducción de armas letales autónomas o la vigilancia masiva —lo que ya está sucediendo a través de otras empresas—. En Estados Unidos se ha despedido a más de cien mil trabajadores este año por culpa de esta tecnología. Sin olvidar que el coste en términos de consumo de energía y agua es una amenaza muy real. Aquí está pasando ya: el proyecto de Meta en Talavera de la Reina requiere de al menos 504,5 millones de litros de agua al año en una comarca castigada por la sequía.
Todos suenan igual
Hay otro fenómeno que no podríamos registrar en el apartado de «peligro de extinción humana», pero que produce otro tipo de inquietudes, esta vez estilísticas. No sé si os pasa, pero navegando por internet me topo cada vez más con la cadencia de lo redactado por una máquina: sus frases más o menos de la misma extensión, su estructura sin habla y sus esquemas repetitivos que consiguen aburrir hasta a las ovejas. La frase que empieza con una negación para afirmar algo aunque no haga falta: «Esto no va de tecnología, va de poder». La pregunta retórica que se contesta a sí misma en la línea siguiente: «¿El resultado? Un desastre». El párrafo rematado con una sentencia breve, casi de eslogan aparentemente ingenioso pero en realidad vacío. Las enumeraciones de tres elementos muchas veces precedidas por dos puntos… Y ya no pasa únicamente en los carruseles de Instagram o en los boletines empresariales, cada vez más artículos de prensa, informes, prólogos de libros y hasta libros enteros empiezan a sonar igual. Tienen la misma música. O más bien, la misma ausencia de ritmo. Conducen a las mismas ganas de sacarse los ojos.
No hay aquí una posición moralista. El periodismo es una profesión precarizada y entiendo que se utilice una herramienta que ahorra tiempo. Yo misma la utilizo para varias tareas, pero ¿por qué quienes firman al menos no reescriben en su propio estilo las sugerencias de la IA? ¿No se dan cuenta del vacío de su escritura, de su pobreza estilística y de su falta de humanidad? Se les ha llamado «loros estocásticos» porque cosen secuencias de lenguaje según la probabilidad de que vayan juntas, sin referencia alguna al significado profundo de las palabras. Como un prestidigitador, la máquina ofrece la ilusión vacía de una prosa lógica y hasta brillante, pero debajo solo está la nada.
Puede que nuestro futuro esté plagado de trabajos redactados con IA que los profesores corregirán con IA en una suerte de cinta de Möbius imposible. ¿Seremos todos más tontos? ¿Acabaremos escribiendo todos igual, ya que leemos cosas que siguen la lógica repetitiva de la máquina? Cuando los modelos se entrenan con textos de otros modelos, lo primero que se pierde son los usos raros de la lengua, la persona y el alma. ¿Podríamos tener un Guillem Martínez si escribiese la máquina? Hoy, desde luego, parece imposible.
¿Puede una máquina hacer arte?
A principios de año, la plataforma japonesa AlphaPolis canceló la edición comercial de la novela ganadora de su premio de fantasía —votada por el público— después de que el autor reconociera que la había escrito con IA. Doctorow, que también es escritor, propone esta definición de arte:
«Comienza con un artista, que tiene en su mente un sentimiento vasto, complejo, numinoso e irreducible. Y el artista infunde ese sentimiento en algún medio artístico (…) Y la idea es que, cuando tú experimentas esta obra, una réplica de ese sentimiento grande, numinoso e irreducible se materializa en tu mente».
La máquina, en cambio, no puede saber nada de ese sentimiento. Aunque a veces se nos olvide, no es humana: «Lo único que sabe es lo que tú le das en tu indicación, y esas pocas frases se diluyen en un millón de píxeles o cien mil palabras, de modo que la densidad comunicativa media de la obra resultante es indistinguible de cero». Aunque Doctorow admite que una persona puede introducir más intención en el proceso a través de indicaciones detalladas o retoques a mano —la reescritura por ejemplo—. Si algún día aparece buen arte hecho con IA, será por esos retoques. Mientras tanto, lo que se produce con la máquina contiene lo que Mark Fisher nombraba como inquietante: «Cuando hay algo presente donde no debería haber nada, o no hay nada presente cuando debería haber algo». Ahí creo que reside la incomodidad que nos producen muchos textos recientes. Parece que hay alguien, suenan como si algo humano trabajase detrás, pero detrás no hay nadie.
¿Y periodismo?
En el periodismo el riesgo es de otra naturaleza, porque una noticia vale por la verdad que contiene, por la verdad de sus fuentes. En mayo de 2025, el Chicago Sun-Times y The Philadelphia Inquirer publicaron un suplemento con lecturas recomendadas, pero de los quince libros de la lista, diez no existían. Tres meses después, Wired y Business Insider retiraron artículos firmados por una tal Margaux Blanchard, una colaboradora que con toda probabilidad nunca existió y cuyos textos citaban a personas imposibles de localizar y a un pueblo minero de Colorado que tampoco existía. Ya hay investigaciones que han contabilizado al menos 3.749 webs que imitan a medios de comunicación y publican textos generados por IA sin apenas supervisión humana. Viven de la publicidad automatizada, así que marcas muy conocidas están financiando esta estafa sin saberlo.
Doctorow tiene un nombre para la degradación de los servicios digitales, le llama mierdificación —el título de uno de sus libros publicado en castellano por Capitán Swing—. Con este término se refiere a las redes sociales y los buscadores, pero la lógica encaja con la información automatizada: una máquina resume un teletipo que otra reescribirá y que acabará como fuente de otra noticia o cientos. Si al principio de esta cadena había un error, a fuerza de repetirlo, el error cobra carta de naturaleza. Los buscadores se están llenando de páginas basura y las redacciones reciben presión para publicar más con menos gente. «Quiero un mundo donde no haga falta la IA», me decía hace poco una amiga periodista. «Quiero poder dedicarle a un tema el tiempo que requiere: investigar, comprobar cada dato, hablar con varias fuentes y poder redactar con cariño. Quiero sentir que la pieza es mía paso a paso». ¿Una utopía?
De nuevo quiero advertir de que esta no es una posición moral. Hay otros usos posibles de la IA: medios que las utilizan para transcribir o para rastrear montañas de documentos, por ejemplo en el periodismo de datos. La diferencia clave quizás es quién usa a quién: el humano a la máquina o viceversa.
Centauros y centauros inversos
Doctorow toma prestada la imagen del centauro —medio humano, medio caballo— que usa la teoría de la automatización, donde una cabeza humana pensante se sitúa sobre un cuerpo de máquina incansable. Somos centauros cuando conducimos un tractor o un coche. El centauro inverso es lo contrario: una cabeza de máquina sobre un cuerpo humano; alguien reducido a apéndice de carne de un sistema que es quien toma las decisiones e impone su ritmo. El ejemplo que utiliza es el repartidor de Amazon, vigilado por cámaras dentro de la furgoneta que le restan puntos si mira donde no debe e incluso le prohíben cantar. Su tesis es que muchas herramientas de IA podrían servir para crear centauros, para potenciar nuestras capacidades, pero que más bien se están desarrollando con el propósito expreso de fabricar centauros inversos donde los humanos se dediquen a corregir lo que hace la máquina: el trabajo más pesado y menos creativo. Esto va a permitir despedir a muchos trabajadores y que sus sueldos vayan tanto a los jefes que los echan como a las empresas de IA.
En el periodismo, un centauro usaría la máquina para transcribir una entrevista de dos horas o rastrear un informe perdido, y después escribiría y contrastaría la información, si puede, recurriendo a fuentes humanas. Una redactora centauro inverso, en cambio, recibiría el encargo de «supervisar» doce piezas diarias que produce un LLM e incluso estaría obligada a firmarlas. El objetivo sería que alguien cargue con los errores de la máquina —porque, por ahora, las máquinas no son responsables—, que se convierta en lo que Dan Davies llama un «sumidero de responsabilidad». Las IA están sirviendo ya para apretar las tuercas a las trabajadoras de un sector laboralmente precarizado.
Algunas preguntas
Quedan muchas dudas sobre esta tecnología maravillosa y terrible, sobre este Jano que mira al futuro y al pasado con sus dos rostros, pero si bien se alimenta del conocimiento humano acumulado, no sabemos qué proyectará hacia adelante. ¿Qué pasa cuando una parte creciente de lo que leemos sale de la media estadística de lo ya escrito, sobre todo cuando cada vez una mayor parte está redactado por una máquina? ¿Cómo aprenderá a escribir alguien que crezca rodeado de esa prosa promedio? ¿O cómo aprenderá si es el modelo de lenguaje el que escribe por él? ¿Dónde está la frontera entre usar la máquina y ser usada por ella?
Necesitamos afinar la crítica para entender qué tenemos delante, pero la sensación es de que todo va muy rápido. Mientras tanto, nuestros lectores y lectoras tienen un interés material común con quienes trabajamos en los medios, porque los productos de la IA y los centauros inversos serán siempre peores. En esta humilde trinchera que establecemos desde CTXT sostenemos un frente común: estamos juntos, lectores y periodistas, para seguir intentando hacer buen periodismo. Creo que muchas veces lo conseguimos.
Gracias por estar ahí.
Nuria Alabao