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Dimito de
todo esto

 

 

XOSÉ MANUEL PEREIRO

 

 

 

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No hay que ser pesimista ni tener esperanza.

Leonard Cohen (Book of Longing, 2006)

 

 

 

Estimada gente que dona:

 

 

En mi entorno familiar están entre desesperados y estupefactos porque se supone que un periodista, lo publique o no, sabe lo que realmente está pasando (y si no, se lo inventa, comenta que es muy complicado o se va por los cerros de Úbeda). Pero es que realmente no tengo ni idea de quién es esa Leire que está en todas partes. Me suena que la tal Leire era, o se creía ella, una mezcla entre Johnny English y Austin Powers, pero en chica y en hispana (llámenme nostálgico, pero desde los tiempos de Francisco Paesa, el oficio ha venido bastante a menos). Y vaya, sí, oí que Zapatero no es tan Bambi como le suponíamos, y que el hombre –Tu quoque, José Luis– anda liado buscando las facturas de unas joyas (si es tan ordenado con los papeles como yo, va bueno). También sé que estuvo por aquí el Papa y dijo unas cosas de Papa que contravinieron la práctica diaria de sus seguidores y otras que no gustaron a los que no lo son, pero unos y otros le aplaudieron, como a todo aquello que sale en televisión. Y presumo, por el doodle de Google y por la proliferación de banderas patrias en los escaparates de los bazares, que empezó un mundial de fútbol. Como habrán deducido ustedes (no sé por qué uso el plural, si la lectura es un acto individual), he renunciado a la actualidad, a sus pompas y a sus obras.

 

     Lo hago porque me veo incapaz de procesar una sobredosis de estímulos emocionales disfrazados de información. Lejos de mí la nefasta intención de exonerar a los familiares de las autoridades, sean cuales sean (y, es más, en experiencias recientes, esa circunstancia parecía ser un atenuante), pero no entiendo cómo le piden 24 años de cárcel a la esposa del presidente del Gobierno por unos delitos que, como mucho, parecen faltas, o seis a su hermano (al del presidente, no al de Begoña Gómez) porque presuntamente lo enchufaron para un cargo para el que le sobraba preparación.

 

     Y entiendo todavía menos que estas cuestiones saturen la agencia mediática mainstream en detrimento de asuntos que, por la gravedad de los hechos, lo desastrado de su investigación y lo dilatado de su instrucción, en cualquier país de nuestro entorno harían que los protagonistas deseasen que se los tragase la tierra. Aquí se los ha tragado el olvido. Asuntos como que responsables de la más alta administración del Estado ordenaron delinquir a sus subordinados para desacreditar a sus adversarios. Que se organizaron y se organizan oficinas de extorsión desde los despachos ministeriales. Que un padre de la patria (catalana) ha acumulado clandestinamente millones y ha quedado exonerado por la pachorra judicial. Que hay cuando menos indicios de que un ministro de Hacienda cobraba por hacer leyes ad hoc a tanto la pieza. Y que existan magistrados que, cuando conviene, rebosan actividad, retuercen las leyes hasta la luxación y dictan sentencias en base a pruebas tan sólidas como aquella que esgrimía Gila: “Alguien ha matado a alguien”.

 

     Una vez asentado el polvo de las refriegas cotidianas, el panorama que se observa es el de una clase dirigente ávida de poder y de las ganancias que este lleva aparejada en una sociedad donde reina la práctica impunidad (salvo contados ejemplos, los emprendedores siguen haciendo dinero mediante los mismos métodos que en el franquismo: aprovechándose de su cercanía a alguien de la administración). Y que, para ello, tiene la inestimable ayuda de unas plataformas y unos medios de transmisión masiva que, en correspondencia a los pagos recibidos o a las esperanzas de recibirlos, difunden los fuegos fatuos de un escenario ficticio y de una realidad paralela (y para lelos). Un escenario en el que los problemas sólo se señalan para atribuir culpables, como si eso los resolviese, y lo que es mucho peor: la búsqueda de soluciones no parece interesar ni motivar ni a la gente que padece esos problemas.

 

     Permítanme que la explicación de esto último la haga, de forma tan brillante que no se les hará larga, Antonio Scurati, autor de la imprescindible pentalogía M (donde novela la trayectoria de Mussolini y del fascismo): “A partir de la Revolución francesa, durante dos siglos, diez generaciones apelaron al futuro para obtener justicia: ante el tribunal de la Historia, milenios de espaldas rotas y de sufrimientos sin nombre encontrarían por fin su redención. Incluso su venganza. Diez generaciones de madres y padres creyeron con fe magnánima que la vida de sus hijos sería mejor que la de ellos y que la existencia de sus nietos sería mejor que la de sus hijos. Y se mostraron dispuestos a luchar por ello, a morir, e incluso a matar. He aquí la promesa de la Historia, la promesa que se promete a sí misma: el futuro nos espera, el futuro nos pertenece. Luego, sin embargo, ese horizonte se desvaneció, la estrella de la redención se apagó. En una triste tarde de fin de siglo y milenio, en una habitación bien amueblada y mal iluminada por la pantalla azulada de un televisor sintonizado en un canal muerto, dejamos de creer en la Historia. De repente, nuestras existencias como occidentales quedaron restringidas, cada una de ellas se convirtió en un asunto privado, en una soledad planetaria. Empezamos a medir cada experiencia con la vara corta del presente, una vara en la que los grandes escenarios de la existencia individual y colectiva no tienen cabida” (Fascismo y populismo. Mussolini hoy. Debate, 2024).

 

     Espero que entiendan que lo mío no es una ignorancia pasiva ante lo que pasa, es un rechazo activo de lo que nos cuentan que pasa. Una divergencia radical y un enorme hartazgo con la selección y jerarquización de la realidad que nos propina el pensamiento mediático único. No practico un ayuno extremo de información, pero me conformo con intentar entender lo que sucede aquí y allá, en CTXT (gracias a que ustedes lo sustentan) y en otras cabeceras parecidas. Es decir, no les sugiero que pasen hambre, pero sí que revisen detalladamente la composición y los ingredientes de la información que consumen. Eviten los ultraprocesados, también en periodismo. A mí se me está quedando un tipito.

 

Xosé Manuel Pereiro

 

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